1
Hermana:
no logro hallarte en un poema.
Tu imagen se me hace tan cercana
que no sé cómo empezar a describirte.
El realismo que te compone es el dilema
al que me hallo sentado, haciendo a un lado
metáforas que tu imagen toma por inservibles.
Siento que cada línea se hace invisible
con solo saber que tienen tu nombre atado.
Quisiera sorprenderte con mi mejor escrito,
abandonar a las estrellas de las que tanto hablo
y decirte, con tan solo seguir mi escaso instinto,
la razón por la que hago algo que creo imposible:
el por qué de querer hallarte en mis palabras.
2
No tengo idea de qué pensarás de mi.
No sé tú, pero solo saber tu nombre
es mi más preciado conocimiento.
¿Recuerdas cada instante de silencio?
¿Verdad que son invisibles los inicios?
Desde que te conozco he enlistado
cada una de las veces en que nadie reía
y los chistes se apilaban en fila
hasta reventar en la risa imparable.
Desde que te conozco he guardado
cada uno de los descubrimientos mutuos:
cuando a los trece deduje que éramos
hechicera y brujo, y compartimos cada uno
de nuestros hechizos anotados.
Fuimos extremos encontrados
en la magia de pertenecer al mismo grupo,
de estar, finalmente, alineados,
de orbitar, por primera vez, lado a lado;
contigo sentí a la palabra hermano
como el fruto de una larga búsqueda,
el tan esperado resultado
del simple acto de respirar.
3
Atesoro los primeros y lejanos momentos
en que nuestros nombres nos eran nuevos.
Estaba tan atestado de preguntas minuciosas
sobre cómo funcionabas o qué te hacía reír.
Por entonces, Aedra significaba carcajadas
escondidas; ojos entrecerrados en la distancia,
para pensar; palabras rebuscadas en charlas
que carecían de zona horaria o dimensión;
análisis realistas de personajes de ficción,
y la versión más honesta de lágrimas de alegría.
Me alegra informarte que has crecido
(al menos a mis ojos)
para ser mucho más.
4
Hermana:
Has sido el escudo y el emblema.
No hay metáfora más cercana a tu realidad
que nuestra amistad medida en últimos abrazos,
chistes malos, embrujos en libros de segunda mano
y conversaciones de palabras sinceras.
Te encontré, por primera vez, en el inicio de los pasos.
Eres el consejo que me dieron al umbral de la puerta,
el primer vistazo a la inmensidad del camino,
la sola idea de empezar a caminar.
Hermana:
gracias por haber recorrido todo esto conmigo.
Gracias por haberme encontrado.
Porque ¿qué sería de mí
si no me hubieras sucedido?
Hermana:
no logro hallarte en un poema.
Tu imagen se me hace tan cercana
que no sé cómo empezar a describirte.
El realismo que te compone es el dilema
al que me hallo sentado, haciendo a un lado
metáforas que tu imagen toma por inservibles.
Siento que cada línea se hace invisible
con solo saber que tienen tu nombre atado.
Quisiera sorprenderte con mi mejor escrito,
abandonar a las estrellas de las que tanto hablo
y decirte, con tan solo seguir mi escaso instinto,
la razón por la que hago algo que creo imposible:
el por qué de querer hallarte en mis palabras.
2
No tengo idea de qué pensarás de mi.
No sé tú, pero solo saber tu nombre
es mi más preciado conocimiento.
¿Recuerdas cada instante de silencio?
¿Verdad que son invisibles los inicios?
Desde que te conozco he enlistado
cada una de las veces en que nadie reía
y los chistes se apilaban en fila
hasta reventar en la risa imparable.
Desde que te conozco he guardado
cada uno de los descubrimientos mutuos:
cuando a los trece deduje que éramos
hechicera y brujo, y compartimos cada uno
de nuestros hechizos anotados.
Fuimos extremos encontrados
en la magia de pertenecer al mismo grupo,
de estar, finalmente, alineados,
de orbitar, por primera vez, lado a lado;
contigo sentí a la palabra hermano
como el fruto de una larga búsqueda,
el tan esperado resultado
del simple acto de respirar.
3
Atesoro los primeros y lejanos momentos
en que nuestros nombres nos eran nuevos.
Estaba tan atestado de preguntas minuciosas
sobre cómo funcionabas o qué te hacía reír.
Por entonces, Aedra significaba carcajadas
escondidas; ojos entrecerrados en la distancia,
para pensar; palabras rebuscadas en charlas
que carecían de zona horaria o dimensión;
análisis realistas de personajes de ficción,
y la versión más honesta de lágrimas de alegría.
Me alegra informarte que has crecido
(al menos a mis ojos)
para ser mucho más.
4
Hermana:
Has sido el escudo y el emblema.
No hay metáfora más cercana a tu realidad
que nuestra amistad medida en últimos abrazos,
chistes malos, embrujos en libros de segunda mano
y conversaciones de palabras sinceras.
Te encontré, por primera vez, en el inicio de los pasos.
Eres el consejo que me dieron al umbral de la puerta,
el primer vistazo a la inmensidad del camino,
la sola idea de empezar a caminar.
Hermana:
gracias por haber recorrido todo esto conmigo.
Gracias por haberme encontrado.
Porque ¿qué sería de mí
si no me hubieras sucedido?