sábado, 5 de marzo de 2016

ágape

Primero fue una explosión que moldeó
con fuego y distancia la inmensidad de todo.

Antes del comienzo del tiempo, fue el azar
el que hizo los centros de miles de espirales celestes;
antes de las ilusiones compartidas, cuando el cielo
lo era todo, cada cuerpo giraba en el negro infinito
con la única intensión de hacer algo más grande.

Antes de la gravedad y la fina atmósfera
existía la unión, el fuego del encuentro,
la inmensidad en la mínima separación,
con átomos tomados de las manos, creciendo,
con moléculas caminando hacia la vida, rompiendo.

¿Cómo no llamar creación
a un universo que se inventó a sí mismo?
¿Cómo no saludar a la flor,
si en un principio, todos éramos iguales?

Confieso que mi dios no es alguien simple
(ni parte de un trío inseparable)
que se pueda identificar con un Él o Ella:
soy hijo del dios que no quiere ser alabado,
cuyo camino está lleno de pasos en todas direcciones,
y se expande en luz y espirales por el negro infinito.
Share:

0 comentarios:

Publicar un comentario